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TEMA: EFEMÉRIDES PARA UN CAMBIO QUE NO SE PRODUJO

EFEMÉRIDES PARA UN CAMBIO QUE NO SE PRODUJO 6 años 3 meses antes #219

  • floro
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El día 9 de noviembre se cumplirán 25 años desde la caída del llamado Muro de Berlín, un subproducto del reparto geográfico llevado a cabo por los vencedores contra el fascismo-nazi de la Segundo Guerra Mundial.
Me permito ahora, y de vosotros dependerá leerlo o no, entregaros el avance de una introducción a mi libro, aún no publicado, bajo el título de “NO (Nuevo orden internacional). El señor de la ruta”.

La idea de escribir este cuento sobre el llamado “Nuevo Orden” (Internacional) fue fruto de mi imaginación a partir de la crisis producida en el Golfo Pérsico, (1990-91), como consecuencia de la invasión de Kuwait por Iraq, que devolvió súbitamente al mundo a una atmósfera de guerra durante los siete meses que duró, de los que seis semanas resultaron de conflicto armado.
Me llamó poderosamente la atención que fuera una crisis extraordinariamente transparente a los ojos de la opinión pública universal, gracias a los Medios de Comunicación de Masas, afines a la teoría del deterioro de “cuanto peor, mejor”, y, al mismo tiempo, radicalmente nueva tanto en su origen como en su resolución. Lo sucedido constituyó la prueba de que la llamada "política de la cañonera", aplicada por el emergente imperio estadounidense, en otros momentos de la Historia, podía ahora ser empleada por potencias de menor entidad. Una vez más, en estos momentos con mayor vehemencia, el término “Nuevo Orden” se acuñaba en las mientes de los obstinados capitalistas provenientes de otras guerras no menos importantes como lo fueron las abusivas hegemonías económicas y las perniciosas colonizaciones de los pueblos oprimidos para el uso y disfrute de sus inexplotadas riquezas, mayormente las petrolíferas y las materias primas.
La desigualdad económica seguía siendo el rasgo más característico del mundo en que vivimos. Todos los países del mundo padecen dentro de sus fronteras la desigualdad, aunque unos más que otros, pero en todos tiene lugar, lo que pone en evidencia que, a pesar de los avances conseguidos por la ciencia y la tecnología y el crecimiento económico alcanzado, no se dieron pasos que resultaran realmente significativos en la consecución de una economía más equitativa. El marco donde se tendría que mover el “Nuevo Orden”, justo después de la victoria de la Alianza Occidental sobre los invasores de una de sus colonias petroleras (Kuwait), según el mapa sobre el desarrollo humano, era y es, a grandes rasgos, el siguiente:
Un quinto de la población mundial vive en países donde los habitantes no pueden pagar ni siquiera una taza de café por día, sobreviviendo con menos de un dólar diario, y donde un número desconsiderado de niños mueren por que su familia no tiene medios para comprarse un triste “mosquitero”. La división entre países ricos y pobres se agranda y la pobreza más las obscenas desigualdades son verdaderos flagelos de nuestra época. Es también obsceno el hecho de que las 500 personas más ricas del mundo tengan un ingreso equivalente a 416 millones de pobres, y al margen de esta situación extrema, hay 2,5 mil millones de seres humanos que sobreviven con menos de 2 dólares por día, equivalente al 40 por ciento de la población mundial. Más de 850 millones de personas, de entre las cuales 1/3 son niños/as en edad preescolar, continúan viviendo atenazados por el círculo vicioso de la malnutrición y el hambre. Millones de personas refugiadas y sitiadas por guerras de limpiezas étnicas y desplazadas de sus lugares de origen por políticas extenuantes de opresión oligárquica ante el cieguismo interesado de las potencias económicas.
Comencé a escribir un año después de terminado el conflicto del Golfo Pérsico y decidí que el “Nuevo Orden” (NO) sucumbiera por su propio peso, la apatía generacional de las masas silenciosas y el desinterés de los pueblos por aceptar unos cambios sin conciencia para ello. Para lo cual dejé correr el tiempo y recuperarlo en el 2030, año en que consideré el fracaso del “Nuevo Orden” como inevitable.
Partí de que los cambios en la década de 1980 a la de 1990 habían significado la ruptura del esquema tradicional en que se concebía al mundo: como una esfera bipolar con dos grandes cabezas guiando a una serie de países en un modelo político, económico social e ideológico antagónico entre cada una de las partes. La caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y la desintegración de la Unión Soviética, en 1990-91, encarnaron no sólo el fin de una era sino el advenimiento de un “nuevo orden internacional” donde la premisa bipolar perdió su significado y procuró que Occidente, en particular los Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa, entraran en una época de reconfiguración del poder a escala planetaria. Occidente se frotaba las manos con todas las ganancias que suponían iban a adquirir con el “Nuevo Orden”, pero se encontró con que, muerto aparentemente el comunismo, quedaban los países empecinados del mundo islámico y el tercer mundo en general. Hacia ellos había que implementar políticas al margen de la legalidad internacional que supusieran el quebranto de las zonas más proclives a negar un “Nuevo Orden” impuesto por los todopoderosos a base de amedrentarlos con guerras no declaradas.
El resultado más tangible de la cascada de cambios que inició el mundo a la caída del Muro de Berlín fue, además de lo anteriormente dicho, el convencimiento de que los pueblos del mundo deseaban vivir en libertad, iniciándose una fuerte tendencia a seguir luchando mundialmente por la "globalización de la democracia".
Cuando pienso en el “Nuevo Orden”, pienso además en el terrorismo, pero el terrorismo no es el único fenómeno que irrumpe con vehemencia en el escenario internacional de la postguerra fría. La pobreza, el narcotráfico, la industria armamentística, las crisis financieras, los conflictos étnicos, los nacionalismos exacerbados, y, sin lugar a dudas, la arrogancia perniciosa del poder norteamericano y su cruzada hegemónica como único paradigma mundial, en detrimento de la democratización del sistema internacional, manifestado, por ejemplo, con el mantenimiento de dictaduras anacrónicas en Latinoamérica o la propiciación de golpes militares contra regímenes democráticos, así como alentando contiendas en oriente próximo o no interviniendo en las matanzas de África.
Tuve, así mismo, la impresión de que, en este contexto, los derechos humanos, la soberanía, el medioambiente, y la lucha contra el racismo y la pobreza pasarían a una segunda categoría en beneficio de la agenda de seguridad de Occidente, profundizando aún más las contradicciones Norte-Sur.
Era obvio pensar que la tan cacareada “globalización económica” y el “pensamiento único”, pilares fundamentales del genérico “Nuevo Orden”, sería presentada como la fórmula mágica que nos haría a todos felices, cuando estaba meridianamente claro que no era más que el credo económico para que los grandes inversores especulativos pudieran colocar su dinero en los países donde menos tuvieran que pagar a sus trabajadores (generalmente mayoritarios en cualquier sociedad), donde los pudieran mantener más explotados, y/o donde menos pudieran quejarse de sus condiciones laborales. Por eso las empresas americanas, europeas y japonesas invierten cada vez más en el tercer mundo, donde no dejan los beneficios obtenidos, ni colaboran en el desarrollo económico de los pueblos que explotan. Esto era sabido por esa mayoría silenciosa a la que me refiero como apática y desinteresada por combatir tales consecuencias, y otras como el control de las zonas petrolíferas asentadas en países árabes y musulmanes.
Debo decir que terminado el primer borrador del libro en el invierno del 2003 y habiendo pasado demasiado tiempo desde que se comenzó, por razones que no vienen ahora al caso, sucedieron los hechos trágicos más luctuosos de cuantos acaecieron después de la Segunda Guerra Mundial para ese mundo occidental que con tanto desafuero colonizó, a sangre y fuego, cuantas tierra necesitó para sus intereses nacionales. Los norteamericanos sufrieron un sangriento pellizco en sus propias carnes, propiciado justamente, y mire usted por dónde, por la misma ideología a la que se quería exterminar, razón de más para afianzar sus planes de acoso y derribo de los opositores al “Nuevo Orden”. Las llamadas Torres Gemelas, símbolo de la codicia y opulencia económica de los poderosos, sucumbían ante la estupefacción del mundo entero, que consideró aquella temeraria acción terrorista (llamo terroristas a los que infligen terror en las sociedades y en la naturaleza misma) como una auténtica declaración de guerra entre Oriente y Occidente. Me pregunté: ¿Se habría adelantado el declive del “Nuevo Orden” desde que comenzara el libro, o, por el contrario, se encolerizó con más brío, dada esta increíble circunstancia? ¿Tenía algún sentido este cuento, cuya hipótesis era precisamente que ante el fracaso del “Nuevo Orden” solo podría ser revitalizado a partir de una hecatombe propiciada por los mismos valedores? Dejé entonces de escribir por temor a que se me tildara de oportunista y este cuento, que, por otra parte, no tenía muchas posibilidades de publicarse, no fuera un ingenio de mi imaginación, sino una burda manipulación de un hecho catastrófico. Mucho tiempo después decidí terminarlo, pues no me parece adecuado dejar a medias lo que se comienza. El caso es que, como es natural en las bipolarizaciones, muchos creyeron que aquel desastre de las torres, era un asunto lo suficientemente turbio como para pensar en mi hipótesis, de manera que ya tenía un pequeño acicate para mantener el cuento en toda su extensión, aunque resultara oportunista. ¿Es premonitorio este cuento? Habrá que esperar al 2030 para verlo, pero mientras tanto no está demás que el relato que propongo sea uno de tantos.

FLORO. La Pizarrera. 7.11.2014
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